Después de dos años sin interrupción



Próximamente publicaremos la reseñas faltantes del 2008.

Reseña crítica del 20 de agosto

Átomos, acentos y santitos

Por José Manuel Ruiz Regil


Asistentes al debate, con la palabra lista para el argumento y la réplica.

El tapanco del bar Tarragona esta noche se convirtió en un híbrido continente capaz de albergar la elevación espiritual de una capilla gótica; de detonar reacciones en cadena a manera de un acelerador de partículas en un laboratorio universitario, y de alentar al Esperanto que fluye a través de la energía de la palabra poética, uniendo así lo innombrable a la experiencia cotidiana. Noche de debate en que Ciencia, religión y poesía se dan la mano y la cuchillada por la espalda para encontrar sus contravientos y fluyentes, en el ejercicio de pensar.

En el púlpito se discuten la palabra Enrique Legorreta (ensayista, corrector de estilo, poeta y ajedrecista) y Víctor M Muñoz (editor de la hoja Metáfora, poeta, militante comprometido de las causas populares y blusero), moderados por el obispo laico Andres Cardo.

Entre los debatientes del público, Adriana Tafoya, y otros escuchas.

El público va acomodándose en sus sillas. El escenario ahora da un giro de 180 grados para centrar en una esquina a los ponentes y dejar abierto, de espaldas a las escaleras, al público participativo que escucha el debate propuesto para noctambulear.

Un espontáneo que había oído que se iba a leer poesía esa noche llevaba preparada su declaración de amor en verso y con ella abrió la sesión. Osiris, su nombre. Ante el éxtasis de la novia, retomó la palabra el editor, quien planteó su primera pregunta:

¿Qué tanta conexión hay entre la religión y la poesía?

Las ideas, los conceptos, las referencias históricas tomadas al azar casi, por el maestro Legorreta, plantearon una atmósfera general que permitieron, en un primer intento, delimitar los alcances de la pregunta. En esa misma búsqueda de asideros, Víctor M Muñoz distinguió tres grandes etapas para su estudio, clasificándolos de la siguiente manera: 1) de la creencia, 2) de la experiencia mística y 3) de la religión como sistema de administrar la fe (el rito). Al cabo de decires y supuestos –que hasta ese momento nadie del público rebatió- se llegó a la conclusión de que religión no es poesía. (¿?)

La referencia a La perfecta casada de Fray Luis de León, acotada por Víctor quiso explicar el control que la institución religiosa ha ejercido sobre el pensamiento a través de los siglos, mas no por ello restringía la poesía.

Víctor M Muñoz se mostró crítico respecto al poder ejercido por la "religión" sobre el acto creativo.

Al parecer esta primera pregunta empezó a carburar el motor epistemológico de los ponentes mientras se allegaban nuevos comensales, entre los que se reconoció al poeta Homenic Fuentes, quien proyectaba esa noche cierta parsimonia sospechosa, poco común en él. Se sentó junto al redactor de estas líneas y evitó el pan con mantequilla. Escuchó, tomó nota y guardó silencio. También se incorporó en la mesa, junto al enorme ventilador apostado en la esquina, Miguel Tonatiuh, y su acompañante.
Para seguir con la enunciación de los asistentes, sobre esa línea de mesas pegada a la pared estaban también la poeta Daniela Camacho, acompañada del aparentemente sobrio y contrito Manuel Becerra. Hacia el barandal una pareja de darketos aparentaban no participar en la escucha, pero no pudieron evitar que los temas planteados por VersodestierrO se filtraran en su íntima conversación.
Pegadito a la mesa de honor el poeta Juan Carlos Mosqueira, festejando la adquisición de un nuevo lote de libros para vender, daba gusto al paladar y domaba al hígado con esencia de uva destilada.

Retomó el micrófono el abad de galeras y soltó el siguiente reto:

¿Se trasmina una ideología religiosa en las lenguas derivadas del latín?

Quisiera saber si estas preguntas están elaboradas con la intensión de ser replanteadas, evadidas o ignoradas por los panelistas, ya sea de manera formal o subrepticiamente, como suele pasar. Ante una pregunta que postula un supuesto no hay más que tomarla como punto de referencia para continuar uno con su discurso. Y eso fue lo que hicieron también los entrevistados.

Enrique Legorreta argumentó el lenguaje, incluso, como una composición del poder desde el cetro religioso.

Legorreta insistió en la función del arte –especialmente de la poesía- como revelador de lo invisible. Y fue pretexto para que Muñoz esquemáticamente separara la polaridad entre idealismo y materialismo y diera al primero la cualidad de religioso y al segundo de científico. A esa altura de la noche, ya había que definir definir, delimitar, constreñir un área de estudio tan inmensa como la propuesta, como lo apuntara optimistamente uno de los asistentes, maestro de epistemología en la Universidad: el tema es filosófico.

Atendiendo a la pregunta se hizo referencia a los grandes del Siglo de Oro para demostrar que sí, a pesar de que existía una gran influencia ideológico religiosa en poetas como Garcilazo de la Vega y Lope de Vega, no obstó para desarrollar una forma impecable de poesía que transmitiera belleza, equilibrio y muchos otros valores, amén de que estos estuvieran de acuerdo a la ideología predominante en la época.

Posteriormente, queriendo no descobijar a la ciencia como invitada a la mesa, se exploró someramente el intento de los surrealistas, cubistas, futuristas y estridentistas quienes hicieron un gran esfuerzo por llevar a la poesía un lenguaje industrial, científico y técnico que abrió nuevas posibilidades de expresión y de relación con el entorno cotidiano para incorporarlo al lenguaje, crear metáforas chirriantes y generar un una nueva poética donde la ciencia constituyera el eje principal. Desafortunadamente, no se abordó el tema con la profundidad que merecía y sospecho que incluso, porque en varias ocasiones se mencionó desde la mesa de debate que “nadie escribiría un poema sobre un CD” que habría que revisar mucho más a fondo el cómo sí hay experimentos y la poesía puede nombrar lo innombrable incluso acerca de la maquinaria más burda.

Preguntas que podrían dar pie a bizantinismos insufribles, si no se enmarcan dentro de un contexto práctico, como no se hizo esa noche, imantaron comentarios de lo más diverso y digresivos. Desde su esquina, Mosqueira, diletante de tristes talleres de poesía en donde ha encontrado la mano del diablo castrante de libertad, expuso sus puntos de vista sobre la iglesia y despepitó contra los “retrógrados inocentes, víctimas de mentes perversas que coartan la libertad de pensamiento a partir de represiones morales”.

El domador de ilusiones preguntó: ¿Cuál es el motivo para afianzarse a esa religiosidad?

Para contestar esta pregunta fue necesario recurrir al funeral de dios, a Nietzche, y pasear por la agonía Teresiana. Más tarde se abordó la poesía mística y vinieron a cuento El Ajedrez metafísico de Borges, el poema de los dados eternos de César Vallejo y atisbos sobre la emergente física cuántica. Contexto en el cual Andres Cardo homologó la experiencia antípoda de la poesía y la matemática con el siguiente aforismo: “Para que un matemático sea perfecto, tiene que ser poeta”. Y viceversa, replanteó en la mesa.

Felipe Gaytán, al fondo, León Carlo y José Manuel Ruiz Regil, al frente, durante la charla.

La noche sudaba cansancio en ese tapanco de la diversidad. La complejidad de temas a veces asfixiante, sugería replantear un nuevo orden de ideas. Mas la intensión estaba clara. El moderador no estaba dispuesto a soltar el hilo de la "herejía" y asestó su penúltima pregunta:

¿Qué tan necesaria es la palabra dios en el vocabulario?

A partir de esta pregunta, por alguna extraña razón, la conversación viró hacia el erotismo en la poesía. Como que los ponentes lejos de ceñirse a responder las preguntas las tomaban como punto de partida para expresar sus inquietudes, en una especie de cuento de los fenicios donde cada quien acaba hablando de lo que sabe, nada más. Lo mismo el invitado que el moderador quien pareció agarrarla contra el concepto de dios y elaborar una última pregunta que contenía todas las complicaciones que se habían evitado en las anteriores:

¿Destruir la palabra dios daría oportunidad de cambiar el arte de la palabra y sucitar así otra forma de "seguridad"?



Ante semejante aseveración disfrazada no quedó más que elaborar sobre la relatividad que todo lo permea, y la inexistencia del absoluto. La charla podía seguir. Debía seguir. Pero el tiempo y el cansancio evocaron la prudencia, y se dio fin a este ejercicio de discusión. Entre el público se sintió la inquietud de mayor profundidad en los comentarios, de una especie de gran introducción, quizás, hasta de una necesidad de replantear el debate en dos grandes temas. A saber: Ciencia y poesía / Religión y poesía.

Resultó bastante ambicioso pretender abarcarlo todo en esa noche. Sin embargo, las ideas hicieron lo suyo: construir senderos –a veces laberínticos- por donde transitar hacia la verdad.

El fondo pictórico del maestro Felipe Gaytán, insistí también en la continuación del debate post debate, ya que, como siempre pasa, cuando termina la sesión oficial, inician las preguntas, inquietudes y discrepancias que nutren el espacio de discusión más allá de la organización que decanta conclusiones e ilumina senderos.

La posibilidad de crear, de innovar y reinventarse siempre está presente en las charlas organizadas por los editores de VersodestierrO.

Crónica del 23 de julio.

La cofradía de los coyotes, rúbrica lúbrica y sexosa

Por José Manuel Ruiz Regil


En la foto, de izquierda a derecha, Oswaldo, Sergio García Díaz, Alberto Vargas, Juan Manuel Dávila, Lucero Balcázar y Gala Toimil.

Vigoroso maratón de intimidades compartidas, secreciones verbales consistentes con el manifiesto colectivo que ratifica, entre otros principios que entreveran la cachondería, la irreverencia y el desmadre, que : “Pepe el toro es inocente”. Y quien no lo crea que vaya y ch…. (en latín). -Sergio García Díaz Dixit.

Manada literaria proveniente del Estado de México preocupada por trabajar en la construcción de una Asociación de casas del poeta. En ella aparece, entre la diversidad concluyente de cánidos de la palabra un Alfa dominante, pornógrafo apelado Alberto Vargas, quien a través de su poesía directa, cruda y procaz demuestra que en todos los extremos existe la belleza. Reivindica la escatología erótica para transformar la acción en un acto poético sublime. “Mueve el culo para que alcances la eternidad”-recita. Habita el cuerpo transmutador de ordinariez y su genitalidad mántica que convierte la carroña cotidiana en moradas de placer expiatorio. Su calend(t)ario repasa los meses del año brindando imágenes que superan la lubricidad habitable de cualquier taller mecánico.

“El elefante” de Eduardo H. González llora hacia adentro. Es el símbolo de la resignación; un viaje interior en busca del otro donde únicamente se halla desolación. Sintaxis paquiderma que llora y recuerda todo desde el principio del tiempo.



Con el cuento “La penitencia” el autor revisita un estilo costumbrista cuya temática aún sigue vigente: la contraposición entre el deseo y la culpa. Con un retrato del habla campesina, el autor explora el cinismo y la melindrosidad del deseo que sin miramientos socio-culturales o de fe invade al animal humano.

Con su poema “Vértigo”, Julio Huertas explora la sensación de la caída. Promesa no cumplida, mas sugerida al final del poema. “Desapareceré en el último paso al precipicio”. En otro texto vaticina: “No habrá más versos esta noche, el viento agoniza”. ¿Forma etérea de nombrar la inspiración? Y en otra de sus participaciones, en un poema narrativo, recupera la fugacidad del amor traspasado. “ En mi cuerpo tu amor viaja cual cuchillo”.

Jesús García Chávez con su voz tímida, arrellanada en los retruécanos vegetales de los elementos, materializa ballenas, el mar, la selva, nombra “camaleón al vuelo” al ave Fénix. En cada vuelta su recurrencia a las imágenes marinas es una afirmación erótica en clave de zoo, que desafortunadamente su deficiente lectura y acentuación del español coloquial hacen que el impacto de sus versos disminuya.

Sugerencia peregrina: Habría que habitar, público y poetas, el espacio del sonido que está implícito en el ritual de la palabra, ¿no creen? Poesía en voz alta es conjuro, y no puede diluirse, negarse o pretender que no sucedió cancelando el hechizo verbal con un tímido “gracias” al final de cada invocación, como si de un concurso de aficionados se tratara. Un gesto, una mirada, una pausa que permita al sonido impregnar los muros. De por sí que el aplauso necesario derriba el edificio más sólido.



Juan Manuel Dávila descubre las estructuras anatómicas cual frutos ya no prohibidos, sino permitidos, y en un rosario de lugares comunes, que en otro tiempo fueran reveladores, repasa el cuerpo femenino degustando del durazno y la papaya; de la uva y orgasmo. Erotismo convencional bien logrado en su forma que se integra al colectivo, contrapunteando el ímpetu de los que no se conforman con mostrar lo que se esconde, ni cantarlo desde el balcón de lo ya dicho.

La imagen polimorfa del artista plástico Felipe Gaytán esta noche no se rasga las vestiduras, sino la piel. Ahora el autorretrato del artista encarna la iconografía del dios deshollado, Xipe-Totec, quien en un arranque moralista se parte la cabeza en dos: hombre-mujer. Escisión de los contrarios complementarios.

La voz femenina emerge habitada y habitable con la poesía de Lucero Balcazar, quien no esconde su impronta cubana, ni le teme al strip tease emocional. Y para eso nada mejor que la poesía anticonceptiva. Para gozo de sus fans despliega magia de “zapatillas rojas”. Y yo me pregunto: ¿Dónde la voz de la mujer emancipada? Se necesita valor para confesarse aún subyugada al amor, al cuerpo, al otro, sobretodo si hombre. Pero ella goza libremente a su poeta en DEDOS de DOS. Lo nocturniza como Villaurrutia a las palabras. Mas su voz no quema dura. Ella afirma: Estreno tu cuerpo. Pregunta: ¿Es tren o tu cuerpo? Se pasea por el Kama Sutra de la retórica poética para encabalgar sus versos sobre las piernas y llenarse de retruécanos eyaculadores. Pero luego recula y dice: “No. Porque no quiero tener amante ni celular que me ladre”.

La secunda Leticia Luna, invitada especial de cofrades, y en ese tenor receta la pócima de amor, confiando efectos afrodisíacos a los ingredientes que la conforman. La expectativa del gozo, el deleite de la espera, el ejercicio de ser fatal cuando se está rendida hace eco y resuena en las líneas féminas de esta mesa. Reconocida por su notoria trayectoria internacional, la poeta despliega el oficio de la lectura en voz alta. Mas, ¿Acaso es tal la recurrencia en la lectura de sus versos que las palabras han perdido singularidad en un engolado tono que vibra igual el estrépito que el gozo carnal?



El público –otros poetas en su mayoría- se caldea. Quiere seguir oyendo. Pero han pasado 9 poetas ya. El que no con los calzones en la mano, con su juguete sexual listo para compartirlo, esgrimiendo el miembro de una poesía lujuriosa, intimista, que a cualquiera devela sus secretos más erectos.

Leida García Lagunas no es ajena a la intención, más su voz, quizás un poco más púdica se instala en la reflexión, en el pensamiento llevado a ensayo, captando la atención de sólo algunos que pueden dejar atrás la estridencia de una nomenclatura genital insuficiente para derramar éxtasis tan públicos.



Al término de la sesión no queda más que hacerle los honores al vino especial que ha traído Marvaz, y dejar que su calor ilumine el sendero por donde habrá de transitar la noche. ¡Salud!

Crítica crónica del miércoles 9 de julio.

Por Andres Cardo


De izquierda a derecha: Indira Broca, Dalí Corona, Iván Medina e Itzel Munguía.

El goteo de la noche permite a la espuma de la cerveza caer lenta sobre la mesa. La mesa de poetas está equilibrada. Tres de los poetas pertenecen a la década de los 80. El otro esta noche vino a profanar cadáveres. Itzel Munguía, Iván Medina, que esta noche presenta un par de cuentos; Dalí Corona todavía con olor a mar, todavía con los pies sobre el puerto de Acapulco, y para cerrar la noche, desde Villahermosa, Tabasco, Indira Broca.

Arranca Itzel Munguía con un par de poemas breves, de mezcla edulcorada y una pizca de pimienta. Algo triste, con un ritmo que frágil suma letras para llenar una página, media página. El oficio de Itzel ha mejorado, y consigue que los poemas logren esa consistencia que tienen las pinturas base; algo espesas, pero blancas: una forma de poema base donde ahora tendrá que verter el color, el destello, o un cuartito de negro aceitado para envejecer el amarillo olivo.

Iván Medina Castro trae consigo su libro Saqueador de tumbas, del cual nos comparte un par de cuentos, de los cuales el que lleva el nombre del libro es el que más se queda en la mente, por el tema tórrido del amante desmedido de cadáveres; el amante involuntario, en principio, y luego premeditado amoroso de los muertos. El tratamiento del cuento es corto, a veces falto de detalles, aunque siempre con el acierto de mantener al lector atento del nuevo “error” de este personaje que ha perdido el decoro de la higiene sexual. Al final, quizá, nos deja con la expectativa de una violencia más atroz sobre el sino de tan trágico amante.



El tercero de la mesa es un seguro y certero Dalí Corona, que gusta de enfatizar las palabras cuando lee, logrando el efecto deseado sobre el espectador que atento disfruta su lectura. El humor y la emotividad que unen al camarada en una noche llena de alcohol y música, de reguetón y sonora dinamita, todo esto bajo el código y consigna grecolatino de los hombres que se dan la mano para transmitirse el mensaje secreto de que aunque bailados en la noche queden, el sol sigue su curso. Todo esto dentro del Bar Arcelia, allá en la zona roja de Acapulco. Al final cuánto vale, qué fondo monetario podría llenar la caja fuerte de este pecho de acero: “Disfrazada de fichera/un feroz corcel/atravesó la pista/Quedo, a mi oído, dijo/que por una cantidad ridícula/podría quitarme la cara de asesino. /Que alguien por favor/detenga esta masacre”. Un buen sorbo de cerveza ayuda a entender mejor estos poemas.

Para cerrar, Indira Broca, con un tono que baila con globos y serpentinas, orgasmos fríos y senos tibios. Un transitar por la casa de infancia poblada de adultos cansados y llenos de miedo. Una poesía que es fotografía instantánea del mundo debajo de la mesa a las tres de tarde cuando toda la familia se come un pollo rostizado. “Mis padres se violentan con sus sexos mientras jugamos a las canicas”, dice, y no falta quien sonría al recordar los segundos valiosos para darse un beso cuando los hijos te dejan y no están interponiendose en medio. Después deja que fluya el magma hasta que el volcán chorrea toda su lava, para luego volverse piedra.

Cocinas la tarde

Indira Broca





Me parezco al que lleva el ladrillo consigopara mostrar al mundo su casa
Bertolt Brecht

I


Te miro y no eres tú
extraño la leche
las galletas
nuestras horas aferrados al televisor

Senos tibios
Luna de agosto

Mensajes ocultos
para el cereal de trigo
donde nos comemos la infancia

II


La oscuridad nos grita
y los perros ladran su calor

Mis padres se violentan con los sexos
mientras jugamos a las canicas
Hueles a noche
a manzanas pudriéndose
a complicidad absurda

Eres como el duende que vive en el almendro
agita tu sonaja
voy a ti
Me pierdo en los arbustos de tu vida


III


Es la hora del cansancio
los niños sueñan con eternos domingos
las viejas lloran desde sus mecedoras
Huele a peces muertos
a vejigas que estallan
Tus fantasmas como dolores de parto
los árboles y sus frutos prohibidos
nuestros padres hacen el silencio

IV


Voy por calles sin destino
entre humo intoxicado y gemidos sin orgasmo
Fantasma de mis noches
Despierta
Los ojos no giran mas desorbitados
pues no hay ojos
sólo cuencas por donde la luz no pasa

V


Algo me recuerda a ti
El vaso con agua
El periódico de ayer
Los globos sin dueño

Duele saber que sobrevives
y dormir con la ausencia abrazada a mi cabello

Vivo para regresar contigo
Mi vientre sangra tu recuerdo
que se pierde con los días
de mi laberíntica memoria

En la mesa de noche falta un retrato

VI


Fumo juegos de palabras para no escuchar mi soledad
El flaco perdón de dios no me reconforta
Es la noche de todas las noches
embriagada en mi silencio

VII


Luna de mediodía
esplendor de una estrella muerta
las ganas
las arterias

Cosas tangibles para imágenes incomprendidas
Seres que callan la noche de sus cuerpos


VIII


Son las tardes de junio
en que buscas almacenes
albercas
escondites
para no toparte con el calor

Y dónde queda la luz
Acaso en el fogueo de la pantalla del televisor
o en la estufa donde cocinas la tarde


IX


Mira la oscuridad de tu silencio
tus ojos buscando la ceguera
mientras demonios sujetan mis cabellos

Déjame
No me dejes

Eres la suerte que nunca tendré
la promesa del paraíso
en manos de un ateo


X


No soy madre para hombres sin crianza
ni sé olvidar presagios
o conjurar amarres victoriosos

Los niños buenos llegan a casa antes del amanecer

Seré el fantasma de tus padres
la puerta hacia el exilio

Sin embargo te busco
con luna en mano
Mientras las otras luces siguen dormidas
Mientras mi insomnio te llame


XI


La pausa es el mundo en la elipsis
ante un concierto de gotas saladas

El pasado que ya no está
sigue haciendo ruido desde el estéreo

XII


Odio al odio con la fuerza de los desencontrados

La idea del mundo es la duda del naufrago ante el mar
como remedio para su sed

Esta vida son las noches
luces colmadas de gritos
samba y rumba
bolos y boleros
como la vida que el mundo ofrece
prefabricada
y benzoato de sodio como conservador
XIII


Esta ausencia que convoco
no es más que el frío inexistente del trópico
Los dibujos grisáceos de mi ciudad
El resplandor de un muerto
en la calle principal del fraccionamiento
Los momentos en que escribo
Las horas sentada frente a una taza de café

Son las pinturas del mundo
y se dibujan con la mirada


XIV


La ciudad me atormenta con sus llantos sin boca
Siempre húmeda
de sabores rancios
Devora a los que no tienen plata
y escupe a quienes sueñan de día

Los colores se trastocan hacia lo infinito
con la soberbia de los paseantes

La recorro a pie por falta de ruedas
sin más tonos que los que me pinto en las tardes

Después de años
siguen
hacia el nítido perfecto


XV

Vuelvo al corazón de esta ciudad muerta
con sus ángeles ciegos a la deriva
Es la rutina mordiendo el alma
el camino entre restos de la gente
que hoy no son
sino fantasmas

XVI


Destapa falsedades
Acecha por la ventana diez veces al día
para que no se roben las plantas de tu jardín
Mira al cielo
etiqueta las nubes
Juega con las hormigas
Antes que ella a ti
trágate una
Piensa en tus padres si no quieres hacer el amor
Grita blasfemias
corre al confesionario
Miente al diablo
y no te olvides de mentirle a Dios

París desde la esquina

Dalí Corona





Para Daniel Fragoso

*
La he visto entre el tumulto
bailando en un extremo de la pista.
Menelao, habituado a su belleza,
empina la botella dando sendos tragos.
En su embriaguez,
no distingue la canción que la orquesta toca,
baila al compás del reguetón
cuando lo que suena es la Sonora Dinamita.
Ciertamente algo pasa, tú bebes demasiado
y temo que te largues del Arcelia
con aquél de la camisa guinda.
Temo, sí, que vuelvas con la boca llena de salitre
y dispuesta a terminar con la cerveza.
Pobre, dirá la camarera
que hace rato no deja de mirarme;
cada que acerca una cubeta
deja pegado a mi
un poco de su lástima.
Espera, supongo,
que el Menelao en turno
no haga mucha bronca
porque asedio a su muchacha.







*
Aquiles ebrio
lanza retador eructos;
me mira, apura el trago.
De sus ojos mana toda la furia acapulqueña
que no termina cuando la orquesta calla.
Sabe que la gloria espera fiel
si puede derribarme antes
que Marquines lo descubra.


*

Por su puesto,
Malcom Lowry se emborrachó
dentro de la casa de Juan.
Y no es de sorprender
que a este bar poblado de tritones
no volviera.
La rocola, no tiene discos de Pedro Infante.


*
Indignada la tripulación
amenaza con amotinarse
si ella no es devuelta al Bar Arcelia.
Pero mi amor me dice
que bien la pena vale
arriesgar la vida de mis hombres
por doscientos pesos en su blusa.





*

Hemos caminado largo rato
a un lado de la costa
sin encontrar refugio para el hambre.
Por fin, detrás de una cortina, muy cerca de la Zona,
entre mujeres que bailan anunciando
el costo de la muerte,
hallamos alimento para que la noche dure,
hallamos el prófugo amor
que tantas veces se negó a nosotros.
¿Será que aquí
hasta los perros olvidan su carroña?


*

No temo al afilado verbo
que de su lengua mane.
Tampoco a la jauría de perros
que la cuidan de mis larvas.
Temo más al borde,
a su delgado filo,
temo si, a su cintura.





}



*

Esta ciudad no fue erigida
en una sóla noche.
Para sus muros
se hicieron traer
de mucho más allá de la costa
bloques de piedra calcinada por los años.
Se hizo crecer entre sus calles
jardines de ortigas y tinieblas.
Todo para que yo,
pudiera habitarla por las noches.


*

Hace cuatro tragos miro
al vendaval que baila
encima de cuerpos hoscos y morenos.
Siento arder su remolino
incluso a la distancia.
Sé que me preparan una treta.












*

Amanece casi.
Busco mi amor en el fondo de la tasa
y del beso de Elena
no reconozco ni un atisbo.
Estoy pensando en llamar a mis guardianes,
estoy pensando en tocar la retirada.



*

Disfrazada de fichera
un feroz corcel
atravesó la pista.
Quedo, a mi oído, dijo
que por una cantidad ridícula
podría quitarme la cara de asesino.
Que alguien por favor
detenga esta masacre.













*

Caminarás, Elena, a estas horas
del brazo de cualquiera
que si haya tenido en sus bolsillos
lo suficiente para pagar tu borrachera.
Caminarás a un lado de la costa,
besarás al tipo
y le dirás igual que a mi
que no hay en el mundo hombre más hermoso.
Pero de nada servirán tus trucos amatorios
contra el poeta pachuqueño
que tu ficha pagó de a veinticinco.
De nada servirán ahora
que le he quitado la cartera.

Crítica crónica del miércoles 2 de julio.

De izquierda a derecha: Leticia Luna, Estrella del Valle, Yamir Castilla, Óscar Sobal e Isolda Dosamantes.

Por Andres Cardo


Para Miguel Tonathiu; por lo que no hizo.

La noche pinta para enchilarse los dedos. Una velada con poesía y música desde Jalapa, e incluso desde los Ángeles, California, EU. La mesa la integran los poetas veracruzanos Óscar Sobal Cruz, Yamir Castilla, Estrella Del Valle (quien vino de Los Ángeles) y en la música Aníbal Fily Hernández Sosa; la poeta tlaxcalteca Isolda Dosamantes y para cerrar la mesa Leticia Luna. Noche de reencuentro en el marco de la página, en una sala de lectura en medio del atrio de esta casa llena de libros que es Donceles 66.

Arranca la mesa con Isolda Dosamantes que despliega una parte de su “Abanico” de colores y poemas, después de su regreso de China, donde radicó durante tres años. Poesía hecha con sutiles trazos que figuran letras. Ventanas que dejan entrever emociones de nostalgia, quizá un poco los kilómetros, otro tanto la cultura amurallada de los chinos. El manejo del oficio natural que Isolda ejerce nos lleva a disfrutar de unos poemas de figuración táctil, y al mismo tiempo nos deja una tenue marca de alcohol en la muñeca izquierda de la mano.

El segundo de la mesa es Óscar Sobal, quien radicó un tiempo en San Francisco, y nos trasporta al choque interracial, al sofoco en una sociedad rígida, demarcada por lenguajes marginales, consignas de protestas bilingües que apenas son un puente entre dos idiomas; dos formas de mundo que como ojos de araña, apenas componen una pequeña parte de la compleja imagen global de ese mundo. Cerró con un poema que todos recordarán en las mañanas cuando las panaderías sin abrir sus puertas llamen a la comunidad a comprar un recién salido pan del horno.



Yamir Castilla sacó a relucir sus cualidades histriónicas: su capacidad para declamar, recordar un poema y masticarlo, dejarlo caer sobre la mesa del público. Su trabajo tiene el zurcido necesario para consolidar piezas formales, firmes, no de fácil ruptura. Sólidas, aunque un tanto tirándole a trajes sastres. Lúcido con la lectura: certero con las palabras y la consolidación de los poemas.

En su turno Estrella del Valle dejó en claro que no se puede vivir tranquilamente en la casa de nadie, cuando un cuchillo es la posibilidad de cobrar viejas venganzas. El arma de la palabra como un ultimátum para el que se atreva a amenazar, o tan sólo dejar entrever que algo sucio se trae entre manos. Aquí, en su sangrienta comida, en su desgranado y sucio mantel, incendia el despojo de los puercos que día a día intentan hacer la vida compleja con simples palabras vulgares. Los coloca en la caldera y luego prende el cerillo.

Para cerrar la noche, Leticia Luna leyó algunos clásicos. Las hijas de la luna, quizá por este reencuentro no tan frecuente, y también aquel del graffiti sobre el conejo, sobre el ojo blanco, sobre la luz obscura, sobre esa materia opaca que enciende en la noche para mostrarnos que la poesía es un rayo invisible para quien ignora que las palabras están hechas de carne y hueso.


Con broche de música, Fily llenó el sitio con la armonía de su poesía en voz de una guitarra rítimica y armónica.